
Concepción Arenal es uno de esos personajes de la Historia cuya memoria ha sido tendenciosamente manipulada, con el objeto de erigirlo en paladín de una causa que nunca fue la suya. Desde diferentes sectores católicos se convirtió a la autora gallega en exponente de sus principios, lo cual dista mucho de ser realmente cierto. Su participación en los foros de la intelectualidad progresista madrileña, o su relación con la escuela krausista y la ILE, son evidencias de una realidad diferente.
La vida de Concepción Arenal Ponte (1820-1892) transcurrió a lo largo de buena parte del siglo XIX español. Dicha centuria suele ser caracterizada por una endémica inestabilidad política, producto de la continua lucha -unas veces pacífica y otras, la mayoría, violenta- entre las diversas opciones ideológicas existentes, que tuvo por objeto modelar la sociedad de acuerdo con sus principios particulares. A través de sus escritos y acciones, Concepción Arenal quiso contribuir a la tarea de reformar la sociedad española de acuerdo con el modelo social definido por el liberalismo progresista.
La formación intelectual de Concepción fue esencialmente autodidacta, pues poco o nada contribuyó a su instrucción la educación “femenina” que recibió en el colegio de señoritas de Madrid al que la envió su madre. La lectura de las obras de autores cristianos como San Pablo, San Agustín, Santo Tomás o Santa Teresa contribuyó a cimentar las profundas y sinceras creencias cristianas de la autora, basadas en una interiorización personal de la doctrina evangélica y ostensiblemente alejadas de la ortodoxia católica. La biblioteca jurídica de su padre otorgó a Concepción un gran conocimiento del Derecho, que completó con la asistencia como oyente -pues no se le permitió nada más- a las clases impartidas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid.
De forma coherente con sus ideario liberal, Concepción creyó en el esfuerzo personal, el juicio crítico y la libertad de pensamiento como instrumentos del progreso material y moral de la sociedad. Esperó de la aristocracia y la clase alta en general el uso de dichas herramientas, con el fin de construir las instituciones del nuevo régimen. Éste debía contribuir a que el enriquecimiento personal beneficiase a la totalidad de los miembros de la sociedad, así como a que la instrucción llegase a sectores cada vez más amplios de ésta, con el objetivo último de que todo el conjunto social pudiese caminar por la senda de la emancipación personal. El Derecho era contemplado por Concepción como referencia y salvaguarda de los progresos que iba consiguiendo la sociedad.
Concepción dedicó buena parte de sus esfuerzos a la práctica y la teorización de un concepto particular de caridad. Su confianza en el liberalismo le llevaba a confiar en la sociedad civil y en su capacidad para resolver sus problemas, como el de la pobreza. En las obras en las que abordó este tema, Concepción consideró que el Estado debía asumir, a través de la beneficencia pública, la tarea fundamental de poner a disposición de la sociedad civil todos los instrumentos necesarios para que ésta desarrollase la caridad -que no entendía como limosna exculpatoria, sino como benevolencia y justicia con los miembros más desfavorecidos de la sociedad. Defendía así la asunción por parte del Estado de una labor hasta entonces monopolizada por la Iglesia. Ésta debía desarrollar sus actividades caritativas del mismo modo que el resto de asociaciones civiles.
La otra gran actividad vital de Concepción Arenal fue el trabajo en prisiones de mujeres. A partir de su experiencia en las prisiones pudo formular su propuesta de reforma de los sistemas judicial y penitenciario españoles de acuerdo con el principio moderno de la capacidad de reinserción en la sociedad de los condenados. A juicio de la autora, la prisión debía convertirse en el lugar en el que dichos condenados recibiesen la instrucción activa e integral que les permitiese su rehabilitación. Una instrucción que tenía que comprender distintas facetas -industrial, literaria, etc.-, destacando entre todas ellas la moral. Además era necesario que contase con estímulos formulados en positivo, a modo de recompensas, y que excluyese el castigo. Y es que la esperanza en el premio era contemplada por la autora como un estímulo mucho más noble que el temor al castigo.
Para conocer más sobre ésta autora:
- FOLGUERA CRESPO, P., El feminismo en España: dos siglos de historia, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 1988.
- GARRIDO GONZÁLEZ, E. (ed.), Historia de las mujeres en España, Madrid, Síntesis, 1997.
- LACALZADA DE MATEO, Mª J., Mentalidad y proyección social de Concepción Arenal, Ferrol (A Coruña), Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación-Concello de Ferrol, 1994.
- PÉREZ MONTERO, M. E., Revisión de las ideas morales y políticas de Concepción Arenal, Tesis Inédita, Universidad Complutense de Madrid, 2002. (Puede descargarse el texto completo desde Dialnet).
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